Sobreprotección: el mensaje de la burbuja de cristal (Parte I)

¡Hola!
Quizá les sea familiar, ya sea porque les haya sucedido a ustedes o porque lo hayan visto con algún conocido o familiar, el ver a los padres “protegiendo de más” a sus niños. Pareciera que los padres sobreprotectores quisieran que a sus hijos no los tocara ni el aire, o que vivieran en una burbuja de cristal. Como psicóloga he atendido numerosos casos en donde se manifiesta este tipo de relación. Los motivos de esta conducta aprehensiva en los padres son variados y tienen que ver con su historia de vida, fundamentalmente, aunque también cada vez tienen una influencia más marcada las formas de convivencia padres-hijos de la actualidad (es decir, factores socioculturales) que sin duda han cambiado radicalmente en comparación con las de hace apenas una década ¡y ni qué decir con décadas anteriores!
Este tema da para mucho, y me gustaría retomarlo en posteriores artículos. Por ahora quiero poner de manifiesto una idea central acerca de la sobreprotección, que es muchas veces inadvertida por los padres que se comportan de esta manera. Y es acerca del mensaje que el niño recibe de ellos al ser sobreprotegido.
Les decía que como psicóloga no es extraño recibir a niños que viven esta dinámica con su familia. Sin embargo ellos no van a consulta por estar sobreprotegidos… sino por encontrarse extremadamente ansiosos.
¿Cuál es entonces la relación sobreprotección-ansiedad? La respuesta está en el mensaje que se le manda al niño a la hora de decirle “no corras porque te vas a caer”, “no agarres la jarra de agua porque la vas a tirar”, “ponte el suéter porque sino te vas a enfermar”, “no juegues con la perra porque te va a morder”, y un larguísimo etcétera que de solo escribirlo ya me estoy poniendo ansiosa y aprehensiva.
Por supuesto todo tiene que ver con los grados y con encontrar el equilibrio. Y claro que existen momentos en los que a los niños hay que marcarles límites claros y firmes por su propia seguridad. Ya hablaremos en otra ocasión sobre los límites, que también es un tema bastante amplio.
Pues bien, ahí tienen que los niños que van a terapia llegan con miedos que ni ellos comprenden: a la oscuridad, a los ruidos fuertes, a salir a la calle, a los insectos… y, nuevamente, a un largo etcétera, casi tan largo como la lista de prohibiciones de mamá y papá.
Es curioso que los padres a menudo no se expliquen de dónde salen todas estas angustias y digan: “Ya le insistí en que no va a pasarle nada” (claro, se lo dicen cuando el problema ya está encima y representa tensión para los padres, ya sea porque el niño no quiere ir a la escuela o no quiere socializar, o no quiere jugar, o no quiere visitar otras casas, o bien somatiza (quiere decir que la ansiedad se manifiesta en el cuerpo: con fiebre, náuseas, falta de apetito, dolor de cabeza, etc.)… Recordemos que la ansiedad dispara la enfermedad mental y física.
Es común que los padres busquen una explicación a las angustias de sus hijos en los videojuegos o las películas que miran, o en que se lleven bien con algún amiguito que es igual de miedoso; ¡vaya!, hasta me ha tocado que piensen que el comportamiento ansioso de sus hijos se debe a medicamentos que los niños han ingerido y que pueden provocar ansiedad (recordemos que muchos de etos niños son asiduos visitantes al doctor y por lo tanto grandes consumidores de antibióticos y otras medicinas para sus múltiples enfermedades).
Sin embargo estos factores, aunque no niego que puedan ejercer cierta influencia, no tienen el peso que representa la forma en que el niño se relaciona con sus padres, con esos adultos que están a cargo de su cuidado. Aunque sea difícil de comprender para los padres, la respuesta a las angustias del niño está en el mensaje que le mandan con su preocupación porque esté “a salvo”. Y no es otro que el siguiente: “Este mundo está lleno de peligros”.
¿Puede un niño vivir tranquilo cuando diariamente se le repite (ojo: no con palabras, sino con hechos) este mensaje?
¡Puede un niño vivir feliz sin estar tranquilo?
¡Los invito a todos a comentarlo!
¡Hasta mañana!

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