Sobreprotección: el mensaje de la burbuja de cristal (Parte II)

¡Hola!
Continuando con el tema de la sobreprotección, me gustaría hacer notar lo siguiente: Siempre he dicho que si algo no funciona no hay que intentar cambiarlo, es decir, nunca le propondría a alguien que cambiara una conducta que a él o a ella le parecen adecuadas, le funcionan, le satisfacen y/o le ayudan. Por ejemplo, si yo soy una persona muy sociable y conozco a alguien que tiene pocos amigos y la mayor parte del tiempo la pasa solo, mi primer impulso para “ayudarlo” será querer convencerlo de que necesita salir más o conocer a más personas.
En primer lugar, obviamente habrá que saber si esa persona necesita ayuda o si el problema no lo estaré viendo yo en él o ella desde mis propias necesidades. Lo más fácil en este caso es preguntarle cómo se siente al respecto. Hay muchas personas que tienen pocos amigos, muy entrañables, y de esta forma se sienten cómodos. Eso quiere decir que para ellos funciona así, en cuyo caso no hay razón para cambiar.
Lo mismo se aplica al estilo de crianza de los padres. Si su estilo les convence y satisface, se les ve contentos, seguros y confiados. Aunque no son perfectos -nadie lo es-, son padres que no caen en angustia cuando sus hijos se irritan, porque entienden que son niños y se van a tener que frustrar para poder aprender lecciones importantes, como tolerar sus emociones intensas.
Casi en todos los casos, los padres sobreprotectores se ven angustiados, preocupados y agotados emocionalmente. Si, por ejemplo, se encuentran en un lugar público y su hijo les dice que quiere orinar, probablemente entrarán en un verdadero estado de pánico. Incluso conozco a quien carga con pañales a todos lados por si su hijo (¡¡de ocho años!!), no ocupe un baño público “lleno de gérmenes”.
Nuevamente aclaro que no estoy a favor de que los niños se expongan a las bacterias y pesquen infecciones, pero me pregunto: ¿qué es más sencillo de solucionar?: ¿una infección, contraer parásitos, o curarse de una fobia, un trastorno de ansiedad?
No digo que el hecho de ponerse un pañal (lo cual ya no sería adecuado para un niño de más de tres años) ponga ansiosos a los pequeños, sino que el estado de angustia en el que seguramente entrará al menos uno de los padres, lo hará sentir la misma carga emocional. Una de las grandes claves para comprender la psicología de los niños es dejar de creer que pueden ser fácilmente engañados con palabras.
Sabemos que el 10% de lo que comunicamos es verbal, es decir, lo que dicen nuestras palabras, y el 90% lo comunicamos con nuestro tono de voz y el lenguaje de nuestro cuerpo. Los adultos pensamos de manera compleja y muchas veces tenemos que reeducarnos para comprender lo que le ocurre al otro, es decir dejar de pensar y volver a nuestros sentimientos para sentir (valga la redudancia) a la otra persona y entender lo que le ocurre, más allá de lo que dice con su boca. En el caso de los niños, al tener un pensamiento menos complejo, lo primero que captan son los estados de ánimo, que se pueden “leer” con facilidad a través justamente de nuestro lenguaje corporal y nuestro tono de voz, que no mienten. Por eso es muy probable que ante la ansiedad de los padres los niños comiencen con síntomas más o menos comunes como morderse las uñas o mover estereotipadamente alguna extremidad o las manitas, pero si la dinámica de sobreprotección persiste, gradualmente pueden llegar a tener temores irracionales, pesadillas o reacciones desproporcionadas ante una situación de estrés, lo que luego puede convertirse en ataques de pánico, fobias o somatizaciones como náusea, dolores de cabeza, pérdida de apetito o del sueño, etc.
Insisto, en mi práctica como psicóloga, a los padres sobreprotectores se les ve angustiados, desesperados y agotados emocionalmente. ¡Y cómo no! si se han dado a la pesada tarea de cuidar que a su hijo “no le pase nada”, idea imposible que compraron a un elevadísimo costo: la salud mental de sus hijos y de ellos mismos. Aunque piensen que están haciendo lo correcto, saben y sienten que no es así, y, como decía al principio, si la solución que has escogido tiene una alta carga de estrés, obviamente NO te funciona y debes cambiarla.
Como vemos, la sobreprotección perjudica algo vital y sagrado: la seguridad emocional y la salud mental de los niños.
No exagera quien compara a una madre sobreprotectora con una golpeadora, en cuanto al daño psicológico que ocasionan al niño, pues incluso conozco casos en que la vida de un menor ha llegado a estar en peligro a causa de la excesiva preocupación de su madre.
Así que por favor, madres y padres, busquen dentro de sí su sabiduría interna para proteger a sus hijos de la sobreprotección. Recuerden que el valor de un espíritu se mide por su capacidad de soportar la verdad. Y si ya se dieron cuenta de que les está pasando y no pueden cambiar por sí solos, busquen ayuda profesional.
¡Nos leemos mañana!

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